Las raíces de Fernando Martín, por Miguel Ángel Paniagua

Las raíces de Fernando Martín, por Miguel Ángel Paniagua

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Artículo publicado en el especial 25 aniversario sin Fernando Martin, en 2014

Cuando Fernando Martín fue confirmado como jugador de la NBA, con los Portland Trail Blazers, en la temporada 1986-1987, la Liga tenía sólo 23 equipos. Y había sólo 12 jugadores por equipo. Ni uno más ni uno menos. En aquella temporada, la NBA estaba muy lejos de Europa y Europa estaba todavía mucho más lejos de la Liga estadounidense. Y, sin embargo, Fernando Martín se convirtió en el primer español en jugar en la mejor liga de baloncesto del mundo. Ahora, casi 30 años después, con la perspectiva del espacio y del tiempo, parece muy obvio que aquello fue un logro estratosférico. Y yo tuve la suerte de vivirlo de cerca.

Fernando siempre tuvo entre ceja y ceja llegar a jugar en la NBA. Y aunque técnicamente no era un jugador con las prestaciones técnicas necesarias para jugar en la Liga de aquel tiempo, su fuerza física y su corazón eran, sin duda alguna, material NBA. Los Portland Trail Blazers, quizás junto a los Phoenix Suns, eran en aquel tiempo la franquicia con más vocación internacional de toda la Liga. Para el resto de equipos, para los otros 21, el baloncesto FIBA era otra cosa; y los jugadores FIBA, otra historia. Pero Portland siempre tuvo una idea que se ha demostrado anticipada a su tiempo con el paso de los años: que el baloncesto internacional acabaría proveyendo a la NBA de muchos jugadores. Y los Blazers tenían razón: en la temporada 2014-2015 había 101 jugadores no estadounidenses en la NBA.

Lo cierto es que Portland tenía decidido fichar a Fernando desde la primavera de 1986: para ello habían intercambiado sus derechos con los Nets de Nueva Jersey. Después, el Mundial de España en 1986 sólo sirvió para corroborar esa decisión. Sin embargo, los ejecutivos de los Blazers me dijeron que era muy importante que Fernando fuera a jugar a la Liga de Verano de la NBA en Los Ángeles sin saber con certeza si al final iba a quedarse en el equipo o no. Y así, con la complicidad de su hermano Antonio, yo le decía a Fernando que las cosas iban bien, pero que el club no tomaría una decisión final hasta el final de la Liga veraniega.

Fernando se empleó a fondo en la cancha de la Universidad de Loyola-Marymount. Jugó tres buenos partidos y su motivación estaba por las nubes. La penúltima tarde del torneo, Ron Culp, el trainer del equipo, llamó a la puerta de nuestra habitación del Embassy Suites Hotel. Antonio, Fernando y yo estábamos debatiendo en ese preciso momento sobre un hecho que, francamente, nos decepcionó mucho: la Federación Española de Baloncesto, por boca de su entonces presidente Pere Sust, había asegurado que, si Fernando acababa firmando por un club de la NBA, jamás podría volver a jugar con la Selección Española. La NBA era una Liga profesional y por contra el baloncesto FIBA era considerado ‘amateur’. Los profesionales no podían entonces jugar en competiciones organizadas por la FIBA. O sea, una farsa total.

Recuerdo que abrí yo la puerta y Ron me entregó una camiseta de los Blazers con el número 10 a la espalda y el nombre de ‘Martin’ en la parte trasera superior. Ron me guiñó un ojo porque, obviamente, ambos estábamos en el ajo. Cuando Fernando desplegó la camiseta, la emoción fue tremenda y los tres nos fundimos en un abrazo. Así, de una manera tan sutil, y a la vez tan sencilla, los Portland Trail Blazers estaban confirmando a Fernando que ya era uno de ellos; que ya era jugador de la NBA. Fernando Martín había hecho historia. Me pidió entonces que hablara con el club para arreglar un pequeño detalle de la camiseta: que la letra ‘i’ de su apellido llevara acento.

De alguna manera, ese era el modo en el que reivindicaba sus raíces ahora que desde España llegaban todas esas malas noticias sobre su futuro en el equipo nacional. El club accedió a su petición no sin antes preguntarme Ron la razón por la que quería acentuar esa ‘i’. «Porque para Fernando las raíces son importantes«, le contesté. Fernando no triunfó en la NBA. Pero, en realidad, eso es lo de menos. La fama, los honores, el bla, bla, bla y esa supuesta inmortalidad que se le confiere a los seres que, como él, se van de este mundo mucho antes de su tiempo no es, a mi juicio, más que un truco superficial. Para mí la lección más importante, lo más esencial que nos dejó, tiene que ver con ese acento en la ‘i’ de su camiseta de los Blazers. ‘Las raíces son importantes’.

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Fuente: Gigantes